He viajado durante años. Pero no ese tipo de viaje dónde fotografías monumentos y tachas ciudades de una lista. El que dura más tiempo de lo previsto. En el que terminas hablando un idioma que no habías planeado. Una conversación con un extraño en un autobús que cambia algo en ti que no puedes explicar del todo.
A lo largo de los años, algo continúa produciéndose, algo a lo que no podía ponerle palabras. Algo inexplicable. Me encontraba en una ciudad, no importa cuál, y una persona local me abría la puerta. No siempre literalmente. A veces era la puerta de su cocina. A veces la de un barrio, de un rincón de mercado, incluso me ha llevado a sus lugares más personales como puede ser su taller de trabajo. Y es en estos momentos, cuando la ciudad se convierte en algo completamente diferente de lo que era cuando habías llegado. Se convierte en algo real.
Los mejores momentos que he tenido viajando nunca fueron organizados por una plataforma. Sucedieron porque una persona decidió abrir su mundo.
También comencé a pensar en lo que faltaba. Fue creciendo entre lo que el viaje prometería y lo que sucedería realmente. Un mundo de plataformas técnicamente centradas en conectar a las personas, pero que hacía que la verdadera conexión fuera cada vez más difícil de encontrar. Siempre, más opciones y menos sentido. Más reservas y menos pertenencia.
Busqué un lugar que ofreciera lo que buscaba. Un lugar donde pudiera encontrar no una actividad, sino un encuentro. Donde un local no era un prestador de servicios, sino una persona. Donde no hubiera necesidad de hablar de dinero.
Ese lugar no existía. Así que decidí construirlo.